Volver al sol: por qué la luz natural también forma parte de nuestra salud
- Edurne Barba
- hace 13 minutos
- 6 min de lectura

Durante miles de años, la vida humana estuvo inevitablemente ligada al sol.
Nos despertábamos con la claridad del amanecer, trabajábamos y nos movíamos durante las horas de luz y, al caer la noche, nuestro cuerpo entendía que había llegado el momento de disminuir el ritmo, descansar y dormir.
Hoy podemos pasar días enteros bajo techo. Despertamos con una alarma, miramos inmediatamente una pantalla, desayunamos bajo luz artificial, trabajamos dentro de una oficina, nos trasladamos en automóvil y muchas veces llegamos al final del día sin haber recibido unos minutos de verdadera luz natural.
Y aunque parezca un detalle pequeño, nuestro organismo sigue esperando esa señal.
Porque el sol no solamente ilumina nuestros días. También participa en algunos de los mecanismos que permiten que nuestro cuerpo sepa cuándo despertar, cuándo estar activo y cuándo prepararse para descansar.
La luz también le dice al cuerpo qué hora es
Nuestro organismo posee un reloj interno conocido como ritmo circadiano.
Este sistema regula numerosos procesos que ocurren a lo largo del día: el sueño, la vigilia, la temperatura corporal, la producción de ciertas hormonas, el apetito y nuestros niveles de alerta.
Una de las señales más importantes para poner en hora ese reloj es precisamente la luz.
Por eso recibir luz natural durante las primeras horas del día puede ser una práctica tan sencilla y, al mismo tiempo, tan valiosa.
Abrir las cortinas.
Salir unos minutos al patio.
Caminar.
Regar las plantas.
Desayunar cerca de una ventana abierta o, mejor aún, pasar unos minutos al exterior.
No necesitamos mirar directamente al sol. Simplemente permitir que nuestros ojos perciban la claridad natural del día ayuda al cerebro a reconocer que la jornada ha comenzado.
Curiosamente, esta exposición matutina también puede influir muchas horas después, ayudando al organismo a organizar mejor el ciclo que culminará con el descanso nocturno.
La salud, una vez más, comienza con señales aparentemente pequeñas.
El sol y la vitamina D
Hay otra razón por la que frecuentemente relacionamos el sol con la salud: la vitamina D.
Cuando determinados rayos ultravioleta, especialmente los UVB, llegan directamente a nuestra piel, nuestro organismo puede iniciar el proceso de fabricación de vitamina D.
Esta vitamina tiene un papel muy conocido en la salud de los huesos, porque participa en el aprovechamiento del calcio y el fósforo. También interviene en el funcionamiento muscular y en otros procesos importantes del organismo.
Pero aquí existe una diferencia que debemos comprender. Podemos recibir luz natural a través de una ventana y obtener parte de sus beneficios relacionados con nuestros ritmos biológicos, pero para fabricar vitamina D necesitamos que los rayos UVB alcancen directamente la piel.
El vidrio de las ventanas bloquea buena parte de estos rayos. Por eso sentarnos junto a una ventana iluminada y exponernos directamente al exterior no producen exactamente los mismos efectos.
¿Entonces debemos tomar el sol todos los días?
Debemos procurar mantener contacto cotidiano con la luz natural, pero eso no significa exponernos indiscriminadamente a la radiación solar.
La cantidad de radiación que recibe una persona depende de muchos factores: el lugar donde vive, la estación del año, la hora del día, el tono de piel, la edad, la cantidad de piel expuesta, la nubosidad y el índice de radiación ultravioleta.
Por eso no existe una regla universal que diga que todas las personas necesitan exactamente diez, quince o veinte minutos de sol.
Y existe algo todavía más importante: El objetivo nunca debe ser quemarnos.
Una quemadura solar no es una señal de salud ni significa que hayamos producido “más vitamina D”. Es daño en la piel.
Cuando la radiación ultravioleta es elevada debemos utilizar medidas de protección adecuadas: buscar sombra, utilizar sombrero, ropa apropiada, lentes con protección UV y protector solar en las zonas expuestas cuando sea necesario.
También debemos ser especialmente cuidadosos con los niños, con las personas de piel muy clara, quienes tienen antecedentes de lesiones o cáncer de piel y quienes utilizan medicamentos que pueden aumentar la sensibilidad al sol.
Como sucede con tantas cosas en salud, no se trata de elegir entre “sol sí” o “sol no”.
Se trata de aprender a relacionarnos con él de manera inteligente.
¿Y tomar el sol cubiertos con una sábana blanca?
Esta es una práctica que algunas personas utilizan buscando recibir el calor y los beneficios del sol de una manera más suave.
Y aquí existe una diferencia importante respecto a estar detrás de un vidrio. Una sábana blanca no bloquea necesariamente toda la radiación ultravioleta.
Dependiendo de qué tan gruesa sea la tela, de qué tan cerrado sea el tejido, del material, de si está seca o húmeda y de qué tan estirada se encuentre, una parte de la radiación UVA y UVB puede atravesarla.
Una sábana ligera de algodón blanco, por ejemplo, puede disminuir considerablemente la intensidad del sol que llega a nuestra piel, pero no debe considerarse una barrera completa contra la radiación ultravioleta.
Esto significa que no sucede exactamente lo mismo que cuando estamos detrás de una ventana.
El vidrio común bloquea gran parte de los rayos UVB responsables de iniciar la producción cutánea de vitamina D. Una tela delgada, en cambio, puede dejar pasar cierta cantidad.
Sin embargo, esto no significa que podamos calcular cuánta vitamina D produciremos estando cubiertos.
No podemos decir que treinta minutos bajo una sábana equivalgan a cinco, diez o quince minutos de exposición directa. La cantidad de radiación que atraviesa la tela es demasiado variable.
Hay además algo que debemos considerar: al estar cubiertos sentimos menos intensidad del sol y podemos permanecer expuestos durante más tiempo pensando que estamos completamente protegidos.
Y no necesariamente es así. Por ello, en Naturageo no consideraríamos una sábana blanca como un método para “tomar vitamina D” ni como una protección solar garantizada.
Sí puede existir otro valor en esta práctica. Recostarse al aire libre cubiertos con una tela ligera, sentir un calor suave, descansar, respirar conscientemente y permitir que la luz natural nos rodee puede convertirse en un momento profundamente agradable de relajación y contacto con el exterior.
Pero debemos distinguir los beneficios. Una cosa es recibir luz natural, calor y relajación; otra distinta es producir vitamina D; y otra es proteger nuestra piel de una exposición excesiva.
No necesitamos atribuirle a una práctica beneficios que no podemos garantizar para poder disfrutar de aquello que sí nos ofrece.
La vitamina D no trabaja sola
También existe una pregunta frecuente: ¿Necesitamos consumir algo para que la vitamina D “se fije”?
En realidad, sería más correcto hablar de cómo nuestro organismo absorbe, transforma y utiliza la vitamina D.
La vitamina D pertenece al grupo de las vitaminas liposolubles. Esto significa que la vitamina D que obtenemos mediante alimentos o suplementos puede absorberse mejor cuando se consume acompañada de una comida que contenga algo de grasa.
Pero después de absorberla todavía queda trabajo por hacer.
Nuestro organismo tiene que transformarla mediante diferentes procesos metabólicos en los que participan órganos como el hígado y los riñones.
Y aquí aparecen otros nutrientes importantes. El magnesio, por ejemplo, participa en diferentes reacciones relacionadas con el metabolismo de la vitamina D.
Por eso resulta conveniente que nuestra alimentación incluya buenas fuentes naturales de magnesio, como semillas, nueces, leguminosas, verduras verdes y cacao natural. También encontramos una relación muy estrecha entre vitamina D, calcio y fósforo. Precisamente una de las funciones de la vitamina D es ayudar al organismo a aprovechar estos minerales.
La vitamina K también participa en procesos relacionados con el metabolismo del calcio y la salud ósea. Esto no significa que todas las personas tengan que comprar inmediatamente vitamina D, magnesio, calcio y vitamina K en suplementos.
Nuestro organismo no funciona como una colección de cápsulas aisladas. Funciona como un sistema. Y generalmente la primera estrategia debería ser construir una alimentación variada y suficientemente nutritiva.
No necesitamos perseguir nutrientes aislados
Uno de los errores de nuestra época es reducir la salud a sustancias individuales.
Buscamos vitamina D.
Buscamos magnesio.
Buscamos antioxidantes.
Buscamos proteínas.
Buscamos suplementos.
Y algunas veces olvidamos algo mucho más sencillo: el cuerpo espera condiciones de vida.
Espera luz durante el día.
Oscuridad durante la noche.
Movimiento.
Descanso.
Alimentos.
Agua.
Contacto con el exterior.
Ritmos.
El sol es un buen ejemplo de esta visión.
No necesitamos verlo solamente como “la fábrica de vitamina D”.
La luz natural es una señal biológica que ha acompañado a nuestra especie desde mucho antes de que existieran oficinas, pantallas, focos y teléfonos celulares.
Quizá por eso recuperar el contacto cotidiano con ella puede comenzar de una manera extraordinariamente sencilla.
Mañana, cuando despiertes, abre las cortinas.
Sal unos minutos al exterior.
Mira el cielo, no directamente el sol.
Respira.
Camina.
Permite que tu cuerpo reconozca que comenzó un nuevo día.
Y recuerda que cuidar la salud no siempre significa añadir algo nuevo.
Muchas veces significa recuperar aquello que nuestra forma moderna de vivir nos hizo dejar atrás.
En Naturageo creemos precisamente en eso:
La salud se practica día a día.




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