Tu intestino también necesita que dejes de comer

Hay una costumbre muy común que parece inofensiva: cenamos tarde, vemos televisión, picamos algo más, tomamos un vaso de leche, una fruta, unas nueces o “algo ligero” y, poco después, nos vamos a dormir.
Muchas veces pensamos que mientras lo que comemos sea saludable no hay problema.
Pero nuestro cuerpo no solamente responde a qué comemos. También responde a cuándo comemos.
Y durante la noche sucede algo fascinante: nuestro organismo comienza a cambiar del modo de alimentación y actividad del día hacia un estado de descanso, ayuno y reparación.
Por eso dejar pasar alrededor de dos o tres horas entre la última comida y el momento de acostarnos puede ser una práctica muy interesante para nuestra salud digestiva y metabólica.
No porque después de cierta hora la comida “engorde más” automáticamente, ni porque el intestino se apague cuando dormimos. La explicación es mucho más interesante.
Después de comer, todo nuestro sistema digestivo se pone a trabajar
En cuanto ingerimos alimentos, el estómago comienza a recibirlos, mezclarlos con ácido y enzimas y enviarlos progresivamente hacia el intestino, el páncreas libera enzimas digestivas, la vesícula participa con la bilis, el intestino comienza a absorber nutrientes.
Y también aparecen diferentes señales hormonales relacionadas con la digestión, la saciedad y el manejo de la energía.
Entre ellas encontramos insulina, GLP-1, GIP, colecistoquinina y otras sustancias que ayudan al organismo a decidir qué hacer con los nutrientes que acabamos de ingerir.
En otras palabras: cuando comemos, el cuerpo entra en modo digestión. Y ese proceso necesita tiempo.
Si cenamos abundantemente y veinte o treinta minutos después nos acostamos, el estómago puede continuar bastante lleno mientras estamos horizontalmente.
En algunas personas esto puede favorecer pesadez, digestión incómoda, distensión o reflujo. Pero todavía hay otra razón muy interesante para dejar descansar al aparato digestivo.
Nuestro intestino tiene un sistema de “barrido”
Entre una comida y otra, cuando llevamos un tiempo sin ingerir alimentos, aparece un patrón especial de movimiento en el estómago y el intestino delgado llamado: Complejo Motor Migratorio.
Podríamos imaginarlo como una especie de equipo de barrido del aparato digestivo.
Durante el día, mientras estamos comiendo, el intestino está ocupado mezclando y absorbiendo los alimentos, pero cuando dejamos de comer durante cierto tiempo, la motilidad cambia. Entonces aparecen ondas organizadas de contracciones que recorren diferentes segmentos del aparato digestivo y ayudan a desplazar restos alimentarios, secreciones, células descamadas y contenido residual hacia adelante.
No es una “limpieza detox” en el sentido comercial de la palabra, es simplemente una función fisiológica natural del intestino. Y hay algo especialmente interesante: cuando volvemos a comer, este patrón se interrumpe.
Es decir, el aparato digestivo vuelve nuevamente al modo de alimentación, por eso no es exactamente lo mismo cenar y después dejar de comer durante toda la noche que cenar, comer una fruta una hora después, luego unas nueces, después beber algo con miel y finalmente irnos a dormir.
Aunque sean alimentos saludables, para nuestro aparato digestivo siguen siendo comida y cada nueva entrada de nutrientes vuelve a activar la digestión.
Comer todo el tiempo no deja demasiado espacio entre comidas
Durante muchos años nos acostumbramos a escuchar que debíamos comer cinco o seis veces al día.
Desayuno.
Colación.
Comida.
Colación.
Cena.
Algo antes de dormir.
Pero hoy sabemos que nuestro aparato digestivo también necesita periodos sin alimento, no tenemos que estar comiendo constantemente para estar saludables.
De hecho, los periodos entre comidas son parte normal de nuestra fisiología. El complejo motor migratorio funciona precisamente en esos periodos interdigestivos y puede aparecer repetidamente mientras continúa el ayuno.
Por eso una de las cosas más sencillas que podemos hacer es permitirle al intestino terminar una comida antes de comenzar la siguiente.
Y mientras el intestino cambia, también cambian nuestras hormonas
Nuestro cuerpo funciona siguiendo un ritmo aproximado de 24 horas conocido como ritmo circadiano.
Durante el día estamos biológicamente preparados para movernos, comer, pensar y realizar actividades.
Cuando comienza a oscurecer, el organismo empieza progresivamente a prepararse para dormir.
Uno de los protagonistas de este proceso es la melatonina.
A medida que se acerca la noche, su producción aumenta y ayuda a comunicarle al organismo que se aproxima el momento del descanso.
Pero simultáneamente nuestro metabolismo también cambia.
La respuesta de nuestro cuerpo ante una comida nocturna puede ser diferente de la que tendríamos frente a esa misma comida durante el día.
Especialmente cuando cenamos muy cerca de la hora de dormir, podemos encontrarnos en una situación curiosa: por un lado, la melatonina está aumentando y diciéndole al organismo: “Ya es de noche.”
Mientras que la comida está enviando otra señal: “Acaban de llegar nutrientes; hay que digerir, absorber y almacenarlos.”
No significa que nuestro organismo no pueda hacerlo. Puede. Pero estamos haciendo coincidir dos procesos que fisiológicamente no siempre funcionan de la manera más eficiente juntos.
¿Y qué sucede con la insulina?
Después de comer, especialmente cuando existen carbohidratos, aumenta la glucosa en sangre y el organismo utiliza la insulina para ayudar a manejarla.
Sin embargo, nuestra tolerancia a la glucosa no permanece idéntica durante las 24 horas.
El momento del día puede modificar nuestra respuesta metabólica.
Por eso comer muy tarde y cerca de la hora de dormir puede generar una respuesta de glucosa diferente a comer esa misma comida varias horas antes, esto no significa que nunca podamos cenar tarde, tampoco quiere decir que una cena nocturna ocasional vaya a enfermarnos.
En salud casi nunca debemos pensar en términos de un día aislado. Lo importante son nuestros patrones cotidianos.
Entonces, ¿por qué hablamos de dejar unas tres horas antes de dormir?
Las tres horas no son una cifra mágica.
Nuestro cuerpo no tiene un cronómetro que diga: “Han pasado exactamente 180 minutos, ahora ya puedo descansar.”
El tiempo que tarda una comida en procesarse depende de muchos factores.
Una cena pequeña y ligera no se comportará igual que una cena abundante, muy grasa o acompañada de alcohol.
Pero dejar alrededor de dos o tres horas entre la cena y acostarnos puede ofrecernos una transición razonable.
Durante ese periodo el estómago comienza a vaciarse, disminuye progresivamente la fase digestiva más intensa y nuestro organismo tiene oportunidad de acercarse al periodo interdigestivo.
Después llegará el verdadero gran descanso digestivo: el ayuno nocturno.
La noche puede convertirse en una maravillosa ventana sin comida
Imaginemos algo muy sencillo.
Terminamos de cenar a las 8 de la noche.
Nos acostamos a las 11.
Desayunamos al día siguiente a las 8 de la mañana.
Sin necesidad de hacer ningún ayuno extremo, acabamos de pasar aproximadamente 12 horas sin alimento.
Durante ese tiempo nuestro organismo no tiene que estar recibiendo continuamente nuevos nutrientes.
Puede completar procesos digestivos, entrar en periodos interdigestivos y mantener durante la noche sus ciclos normales de motilidad.
Ahora imaginemos otra situación:
Cenamos a las 8.
A las 9 comemos fruta.
A las 10 unas nueces.
A las 11 tomamos leche con miel.
Y a las 12 nos dormimos.
Aunque cada alimento por separado pueda ser saludable, nuestro aparato digestivo prácticamente no tuvo una verdadera pausa.
Nuestro cuerpo necesita momentos para recibir… y momentos para no recibir
En Naturageo repetimos con frecuencia que la salud no depende únicamente de sumar cosas.
No siempre necesitamos otro suplemento.
Otra bebida.
Otro alimento.
Otro producto.
A veces necesitamos simplemente dar espacio.
Espacio entre una comida y otra.
Espacio entre la cena y el sueño.
Espacio para que nuestro organismo termine lo que comenzó.
Porque nuestro cuerpo funciona mediante ciclos.
Comemos.
Digerimos.
Absorbemos.
Terminamos.
Descansamos.
Y después volvemos a comenzar.
Cuando respetamos esos ciclos estamos trabajando a favor de nuestra fisiología.
¿Qué podemos hacer en casa?
Una práctica sencilla puede ser intentar terminar nuestra última comida aproximadamente dos o tres horas antes de dormir.
Después de la cena, podemos permitir que comience nuestro verdadero descanso nocturno.
Podemos beber agua si tenemos sed, pero evitar convertir las horas previas al sueño en una sucesión de pequeños bocados.
También vale la pena observar nuestro propio cuerpo.
¿Dormimos mejor cuando cenamos más temprano?
¿Tenemos menos reflujo?
¿Despertamos con menos pesadez?
¿Tenemos hambre real por la mañana?
La salud también consiste en aprender a escuchar esas señales, porque quizá una de las cosas que más necesita nuestro aparato digestivo no sea otro alimento saludable, quizá, algunas veces, lo que necesita es simplemente que dejemos de comer durante unas horas.
En Naturageo creemos que la salud se construye respetando los procesos naturales del organismo.
Comer bien es importante.
Pero aprender cuándo dejar de comer también forma parte de ese equilibrio.
La salud se practica día a día.




Exelente información
Gracias