No basta con tomar remedios si seguimos comiendo lo que nos enferma
- Edurne Barba
- 9 jul
- 5 min de lectura

La salud también se construye en el supermercado, en la despensa y en lo que elegimos poner todos los días sobre la mesa.
Vivimos en una época en la que cada vez más personas padecen cansancio constante, inflamación, sobrepeso, problemas digestivos, alteraciones del sueño, ansiedad, resistencia a la insulina, hipertensión y otras condiciones que afectan su calidad de vida.
Muchas personas buscan respuestas en suplementos, tés, medicamentos, tratamientos, licuados, productos herbolarios o dietas de moda. Y aunque algunas herramientas pueden ser útiles según cada caso, existe una pregunta que pocas veces nos hacemos con suficiente honestidad: ¿Qué estamos comiendo todos los días?
Porque no basta con tomar algo para sentirnos mejor si, al mismo tiempo, seguimos alimentando al cuerpo con productos que lo mantienen saturado, inflamado o mal nutrido.
La salud no comienza cuando aparece una enfermedad. Comienza mucho antes: en el supermercado, en la lonchera de nuestros hijos, en la despensa de casa y en las decisiones que tomamos varias veces al día frente a un alimento.
Antes comíamos alimentos; ahora, muchas veces consumimos fórmulas
Hace algunas décadas, gran parte de la alimentación cotidiana se basaba en ingredientes sencillos y reconocibles.
Una salsa podía contener jitomate, sal, especias y vinagre. Un pan básico llevaba harina, agua, levadura y sal. Un yogur contenía leche y fermentos. Una bebida de fruta se preparaba con fruta, agua y quizá un poco de endulzante.
Hoy, muchos productos parecen alimentos, pero en realidad son fórmulas industriales elaboradas para durar más tiempo, conservar cierta textura, tener un sabor muy intenso, ser visualmente atractivas y resultar prácticas para una vida acelerada.
No significa que todo alimento empacado sea malo ni que cada ingrediente difícil de pronunciar sea automáticamente dañino. Hay productos procesados que pueden formar parte de una alimentación práctica y equilibrada. El problema aparece cuando la mayor parte de la dieta se basa en productos ultraprocesados y estos comienzan a desplazar a los alimentos frescos, sencillos y preparados en casa.
La Organización Mundial de la Salud señala que una alimentación saludable debe basarse principalmente en alimentos no procesados o mínimamente procesados, con bajo contenido de grasas poco saludables, azúcares libres y sodio.
El problema no es un solo ingrediente: es el patrón completo
No existe un ingrediente único que explique todos los problemas de salud actuales. La alimentación es mucho más compleja que eso.
Sin embargo, sí debemos reconocer que muchos productos de consumo diario contienen combinaciones de exceso de azúcar, sodio, grasas refinadas, harinas altamente procesadas, saborizantes, colorantes, espesantes, conservadores y otros componentes diseñados para que el producto sea fácil de consumir, agradable al paladar y difícil de dejar.
Cuando estos productos se convierten en desayuno, colación, comida, cena y antojo cotidiano, el cuerpo deja de recibir lo que realmente necesita: fibra natural, vitaminas, minerales, agua, proteína de buena calidad, grasas saludables y compuestos protectores presentes en frutas, verduras, semillas, leguminosas y alimentos frescos.
El resultado puede ser una alimentación que aporta muchas calorías, pero poca nutrición real.
Un estudio clínico realizado por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos comparó una dieta ultraprocesada con una basada en alimentos no procesados. Las personas que consumieron la dieta ultraprocesada comieron más calorías y aumentaron de peso, aun cuando las dietas ofrecidas estaban diseñadas para ser comparables en varios aspectos nutricionales.
Esto no significa que un alimento ultraprocesado ocasional arruine la salud de una persona. Significa que debemos observar la frecuencia, la cantidad y el lugar que estos productos ocupan dentro de nuestra alimentación diaria.
La contradicción de buscar salud mientras seguimos enfermando al cuerpo
Muchas personas hacen grandes esfuerzos por sentirse mejor. Compran vitaminas, toman jugos verdes, prueban infusiones, buscan terapias naturales, hacen ayunos o invierten en tratamientos costosos.
Pero resulta difícil obtener cambios profundos cuando, al mismo tiempo, seguimos consumiendo diariamente refrescos, embutidos, sopas instantáneas, cereales azucarados, panes industriales, botanas, salsas comerciales, bebidas endulzadas, postres empacados, productos “light” cargados de ingredientes artificiales o comidas rápidas como base de la alimentación.
No se trata de juzgar ni de hacer sentir culpa a nadie.
Vivimos en un entorno donde lo rápido suele ser más accesible que lo saludable. Muchas familias trabajan largas jornadas, tienen poco tiempo para cocinar y reciben constantemente publicidad que presenta productos ultraprocesados como si fueran una solución práctica, moderna e incluso saludable.
Por eso, más que culparnos, necesitamos recuperar el criterio y aprender a elegir mejor.
Lo que comemos en la infancia sí importa
Este tema es todavía más importante cuando hablamos de bebés, niñas y niños.
La infancia es una etapa en la que se forman los hábitos, las preferencias de sabor y la relación con la comida. Un niño que crece acostumbrado a alimentos extremadamente dulces, salados o artificialmente saborizados puede encontrar menos atractivos los sabores naturales de una fruta, una verdura, una sopa casera o una comida sencilla.
La Organización Panamericana de la Salud ha advertido que las dietas infantiles con exceso de productos procesados y ultraprocesados, especialmente aquellos altos en azúcares libres, grasas o sodio, deterioran la calidad general de la alimentación y dificultan el cumplimiento de recomendaciones nutricionales saludables.
No se trata de crear miedo alrededor de la comida ni de prohibir absolutamente todo. Se trata de evitar que los productos ultraprocesados se conviertan en la base de la alimentación infantil.
Un niño no necesita desayunar todos los días cereal azucarado, beber jugos industrializados, comer galletas como colación o cenar alimentos instantáneos para ser feliz. Necesita alimentos que nutran su crecimiento, su energía, su concentración y su desarrollo.
Regresar a lo básico no es retroceder
Volver a los alimentos reales no significa vivir en una cocina todo el día ni renunciar por completo a la practicidad.
Significa hacer cambios graduales y conscientes:
Elegir frutas, verduras, semillas, leguminosas y alimentos frescos con mayor frecuencia.
Preparar en casa algunas versiones sencillas de lo que normalmente compramos industrializado.
Reducir refrescos, bebidas endulzadas, botanas y productos de consumo diario con exceso de sellos.
Leer las etiquetas y no dejarnos llevar únicamente por frases como “light”, “fitness”, “natural”, “integral” o “sin azúcar”.
Preferir productos con listas de ingredientes más cortas y reconocibles.
Recuperar comidas sencillas: sopa de verduras, frijoles, lentejas, huevo, arroz, ensaladas, fruta, avena, semillas, tortillas, guisos caseros y agua natural.
Enseñar a nuestros hijos a reconocer los alimentos por lo que son, no por el empaque que los vende.
La comida no tiene que ser perfecta para ser saludable. Lo importante es que la mayor parte de nuestra alimentación esté formada por comida real y no por productos diseñados para durar meses en un anaquel.
La salud se cuida todos los días
No existe un suplemento milagroso capaz de compensar por completo una alimentación basada en productos de baja calidad nutricional.
Los remedios naturales, las terapias complementarias, la actividad física, el descanso y el manejo del estrés pueden ser grandes aliados. Pero ninguno debería utilizarse como excusa para continuar con hábitos que sabemos que nos están alejando del bienestar.
La salud se construye en pequeñas decisiones repetidas:
En lo que desayunamos.
En lo que compramos.
En lo que ponemos en la lonchera.
En lo que elegimos para cenar.
En lo que enseñamos a nuestros hijos a considerar “normal”.
No se trata de comer con miedo. Se trata de comer con conciencia.
Porque muchas veces el primer paso para sentirnos mejor no es buscar un remedio nuevo, sino dejar de normalizar aquello que poco a poco puede estar enfermando nuestro cuerpo.
Volver a los alimentos reales no es una moda. Es una forma de recuperar lo esencial: nutrición, equilibrio, sabor verdadero y responsabilidad con nuestra salud y la de nuestra familia.




Excelente información, estoy deacuerdo con ello. Enhorabuena